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25 de marzo de 2009

Y todos serán mis esclavos ...



Cuando era pequeña mis papás me organizaban mis fiestecitas de cumpleaños. Recuerdo ir con mis abuelos a la Central de Abastos a comprar cantidades rídiculas de dulces y preparar las bolsitas de recuerdo de mi cumpleaños. El salon de fiestas El Hombre de Paja y las comilonas de hot dogs y chacoteo en la alberca de espuma. Las obesas muñecas que me regalaban. Las hojaldritas de mole, un enorme pastel de la Gran Vía y abrir las botellas de Pepsi para sacarles el gas y que supieran horribles. Esa era la buena diversión.

Áquel cumpleaños en el que se me ocurrió ir al cuarto y abrir todos mis regalos con los niños y abrir una caja que estaba llena de calzones de encajes horribles, un bonito presente de mi abuela Ruti que me avergonzó terriblemente a mis 8 años.
El pastel azteca que me cocinaba mi abuelita Chelo en cada cumpleaños a sabiendas de que era mi preferido y el juego de té que mi padre relleno de gomitas de sabores. Cuando mi mamá me llevó pastel y helado a la escuela y un reloj pedorro con perfume sólido de Rosita Fresita.

Vino mi adolescencia en la que me sentía totalmente apartada de los demás y festejaba mínimamente mi cumpleaños, no hacía fiestas porque me daba pena que no llegará nadie. Gran cliché.
Después vinieron los cumpleaños con un ex y retomé las hojaldritas de mole y los regalos. Las fiestecitas en Sábado sin neceo. Los infinitos libros de fotografía y las comidas en restaurantes caros y mamones con velas sumamente jotas en mis pasteles y tacones. Interesantes años de mi formación fueron aquellos.

Hoy cocino una lasagna para compartirla con mis amigos en el festejo más suave que he tenido en los 4 años de 20's que llevo. Es suave darle importancia a un año más cuando hace un año te querías morir. Definitivo.

Salud por mi!

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